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La historia del licenciado que vendía drogas y no podía parar de matar

El experto en Comercio Exterior fue condenado a prisión perpetua. En 2008 mató a su novia de 16 años. Ocho años después mandó a ejecutar a un joven que le compraba drogas. (Foto: Andrés Soza Bernard espera la lectura del fallo que lo condenaría a prisión perpetua. Foto: Franco Trovato Fuoco

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La historia del licenciado en Comercio Exterior Andrés Soza Bernard está atravesada por la muerte. Un joven de clase media que eligió transformarse en un asesino, quizá por la fuerte dependencia que tenía a las drogas, que vendía para poder saciar su adicción.

Primero ejecutó de un disparo en la cabeza a su novia de 16 años y ocho años después le pagó a un hombre para que matara a un joven de 21 años que le compraba cocaína, con quien se había peleado. Esta semana fue condenado a prisión perpetua por un tribunal en Rosario, integrado por los jueces Ismael Manfrín, Juan Carlos Curto y Facundo Becerra.

Sol Zulatto, hermana del joven asesinado, apreció el fallo judicial: “La perpetua se sustenta en lo atroz del hecho, porque a Fabricio lo golpearon, lo hicieron sufrir y por último lo ejecutaron. Nadie merece morir en la manera en que murió”.

Gabriela Nuñez tenía 16 años pero desde hacía un tiempo tenía una relación con Andrés Soza Bernard, quien le llevaba ocho años. Era una relación paralela y algo tormentosa por la violencia desmedida que embebía a Soza Bernard.

Gabriela le contó a la novia del joven que ambos tenían una relación desde hacía unos meses. La decisión de la adolescente de blanquear esa trama amorosa enloqueció a Soza Bernard. Ella lo sabía y en varios mensajes a sus amigas predijo su final: “Me va a matar”.

El 5 de agosto de 2008, Andrés Soza Bernard decidió ir a matar a Gabriela. Llevaba un revólver en su campera. Fue a la puerta del instituto de inglés donde estudiaba la chica. Caminaron una cuadra y en Mendoza y Vera Mujica sacó el arma y la mató de un tiro en la nuca. Gabriela fue encontrada por su padre muerta en la calle luego de que saliera a buscarla porque no llegaba a su casa.

Familiares de Gabriela Núñez en 2008, en una de las marchas para reclamar que Soza Bernard sea condenado

Andrés Soza Bernard se fue a la casa de fin de semana en Oliveros, a 40 kilómetros al norte de Rosario, y se deshizo del arma. Unos días después decidió entregarse. Quizá influyó la recomendación de su hermano policía. El argumento que dio a los investigadores judiciales fue que su idea era amedrentar a Gabriela pero se le escapó el tiro y la mató sin intención.

Su madre, médica del servicio de urgencias, había tratado de exponer una coartada con el testimonio de un testigo falso, que era paciente suyo, que había declarado que a Gabriela la mataron dos asaltantes que se movían en moto. Esa coartada se cayó a pedazos.

Soza Bernard fue condenado a 13 años de prisión. Terminó su carrera en Comercio Exterior en la cárcel de Piñero. En 2015, el muchacho, sentenciado por homicidio, comenzó con salidas transitorias, gracias a su buena conducta y a los plazos que había logrado conseguir por el ítem de “estímulo educativo”. Porque en realidad, según la ley de ejecución penal, podía comenzar a salir en 2017, tras cumplir los dos tercios de la condena.

Diez meses después de volver a la calle volvió a vender drogas. Lo hacía en la zona del barrio Agote, cerca de la terminal de ómnibus de Rosario. Allí se encontraba con un joven de 21 años que le compraba cocaína. Fabricio Zulatto había estudiado en el colegio Brigadier López y jugaba al futsal en Newell’s. También ayudaba a su padre en un negocio de ropa.

Otra vez la ira, el descontrol se apoderó de Andrés que discutió en uno de esos encuentros con Fabricio. Pero esta vez tramó el asesinato de su víctima con premeditación. Llevó a Fabricio al búnker que manejaba en la zona de Génova al 2100, en Empalme Graneros. En un rancho nauseabundo vivía un cartonero, Omar Motier, a quien Andrés le había pagado 20.000 pesos para matar al jugador del futsal. También le entregó un arma al ciruja. A ese búnker Fabricio había ido otras veces con Andrés a buscar cocaína. Pero ese 9 de agosto le había avisado a su madre que salía a comprar un cargador de celular. Nunca más regresó.

Zulatto fue asesinado por orden de Soza Bernard, quien le pagó $20.000 a un indigente para que cometa el crimen

La familia de Fabricio Zulatto denunció su desaparición al día siguiente y un grupo de amigos del joven encontró el auto en Suipacha al 700, en el centro de Rosario y un video de una cámara ubicada en esa cuadra, filmó cuando una persona dejaba el vehículo estacionado y descendía por la puerta del acompañante. Los amigos de Fabricio fueron claves para identificar a ese hombre. Era el dealer al que le compraban cocaína cerca de la terminal de ómnibus.

La policía detuvo dos días después a “Pilo” Motier y encontró en el ese rancho el cuerpo de Zulatto enterrado en el excusado, tapado por escombros y basura. La autopsia determinó que el joven había recibido tres disparos en la cabeza.

El crimen de Zulatto fue uno de los disparadores de las multitudinarias marchas en esta ciudad bajo la consigna Rosario Sangra, que generó en agosto de 2016 un problema intenso para el gobierno de Miguel Lifschitz. Esas marchas, que reunieron a más de 40.000 personas en las calles de Rosario, frente a los tribunales y la sede de la gobernación, fueron el detonante para la firma del acuerdo entre el Ministerio de Seguridad de la Nación y el Gobierno de Santa Fe para el envío por cuarta vez en cuatro años de efectivos de Gendarmería para reforzar la seguridad en la provincia.

La condena del tribunal, integrado por los jueces Ismael Manfrín Juan Carlos Curto y Facundo Becerra, a perpetua contra Soza Bernard y Motier, se sumó a una anterior de la justicia federal a seis años por venta de estupefacientes. Pero todo llegó tarde, porque este joven debería haber estado preso por el crimen de Gabriela Nuñez. Nadie en todo el complejo sistema de justicia percibió que este muchacho iba a volver a matar.

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