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La historia del excéntrico “okupa” de la Antártida

Jaroslav Pavlicek llegó a la Antártida en 1989 y se puso a trabajar para cumplir su sueño: construir un refugio con sus propias manos y usarlo para realizar experimentos de supervivencia extrema. No se imaginaba que casi 30 años después, esa base, la única de origen privado, iba a poner en debate el tema de la propiedad en el continente blanco.

Nacido en 1943, Pavlicek dejó sus estudios en filosofía en 1968, cuando los tanques soviéticos invadieron Checoslovaquia. Siempre excéntrico, se radicó entonces en los montes Tatras, donde nació su interés por el alpinismo y la supervivencia en ambientes extremos. Integró la primera misión polaca que hizo cumbre en el Everest en invierno y la búsqueda de desafíos lo llevó en 1989 a la inhóspita isla Nelson, ubicada a unos 700 kilómetros del cabo de Hornos. Allí, en un territorio que se disputan Argentina, Chile y el Reino Unido, cerca de una playa donde no se forma hielo y las temperaturas oscilan entre los 3 grados y los 11 bajo cero, Pavlicek construyó un refugio.

Tras terminar con la construcción de la base, que bautizó Eco-Nelson, el checo empezó a reclutar voluntarios de cualquier edad y origen (incluidos menores y discapacitados) que quisieran sumarse a su experimento. ¿Los requisitos? Pagar hasta 5.000 euros, hacer un curso previo de supervivencia en República Checa y estar dispuestos a pasar entre un mes y medio y un año en condiciones extremas. Como su fin era causar el menor impacto posible, Pavlicek les prohibía a los voluntarios usar detergente, jabón, shampoo o dentífrico en la base. Cada visitante podía llevar apenas ocho kilos de objetos personales y tras su estancia debía llevarse todos sus residuos. La base está equipada con lo básico: colchones, una estufa y algunos libros.

Según publica el diario español El País, Pavlicek ya no viaja a la Antártida, pero lo hizo hasta 2015, con 72 años, cuando todavía invitaba a voluntarios a participar por Internet. Su proyecto, igual, está cerca del fin: en enero de 2015, una inspección oficial conjunta de Reino Unido y República Checa se sorprendió al hallar gente viviendo en aquel rudimentario refugio cubierto de nieve. Algunas casas estaban llenas de hielo y había un alto riesgo de derrumbe. No sólo eso: apenas había equipamiento para afrontar una emergencia y la poca medicina del botiquín había caducado hacía más de 10 años. Los inspectores recomendaron entonces demoler la base y limpiar toda el área en su informe para los 52 países firmantes del Tratado Antártico, que regula las actividades en el continente.

La historia del excéntrico "okupa" de la Antártida
La base queda en la isla Nelson, ubicada a unos 700 kilómetros del cabo de Hornos. (vezmir.cz)

 

Si bien el impacto ambiental de las instalaciones es mínimo, la existencia de la base es preocupante por otras razones: es la única construcción permanente en manos privadas en toda la Antártida y sienta un precedente muy polémico de cara al turismo en un continente dedicado casi exclusivamente a las actividades científicas.

Los planes de República Checa son limpiar la zona, dotarla de equipos de emergencia y provisiones, tirar abajo los edificios y, en un futuro, dedicar las instalaciones a la investigación. Pese a que todo apunta a la demolición, hay una dificultad legal para hacerlo, ya que Eco-Nelson se construyó antes de que se firmase el Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente de 1991. Falta, claro, el consentimiento de su excéntrico fundador.

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