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La falsa felicidad en las redes sociales

En Facebook y Twitter todos son, o parecen, felices y exitosos. Pero: ¿Qué hay detrás de las caritas sonrientes? ¿Qué esconden las fotos de perfil con anteojos de sol, piscinas gigantes y tragos tropicales? ¿El falsa la felicidad que se muestra en las redes sociales?.

Cuando mi amiga se separó de su novio de toda la vida, me enteré por Facebook. Cambió el estado de su perfil y publicó “Libre y feliz” con una foto donde se la veía radiante y que -yo sabía- era del verano pasado. Intenté llamarla, pero no atendía el celular ni el fijo. Mientras el teléfono sonaba, su publicación se llenaba de likes. Sus cientos de amigos –es una chica con una intensa actividad en las redes sociales– le escribían palabras de aliento y ella respondía con simpáticos emoticones. Volví a marcar su teléfono, ahora estaba desconectado. El silencio me insinuó que algo no andaba bien. Sospeché de su felicidad declarada y salí para su casa.

Después de tocar timbre varias veces, se asomó por la rendija de la puerta y me abrió rápido. Estaba pálida, con los ojos hinchados y una remera de su ex puesta de camisón. La abracé sin decirle nada y, entre lágrimas, me confesó: “no quería que nadie supiera que estoy así”.

Vivimos gran parte del tiempo en una realidad paralela. Las redes sociales nos permiten construir y mostrar una imagen de nosotros mismos que muchas veces no coincide con la verdadera.

En Twitter y en Facebook no somos quienes somos, sino quienes quisiéramos ser. La felicidad dejó de ser una búsqueda y se transformó en una exigencia. Todos suben fotos donde se los ve plenos, sonrientes y alegres. No hay lugar para la duda, la angustia o el silencio.

Los buenos momentos –sean ficticios o reales– deben ser compartidos y publicados para saciar el hambre voraz de ser otro usuario compatible con el alegre universo web. La miseria mejor esconderla de este lado de la pantalla, total nadie se entera. Y quizá, en el afán de convencer a los otros, hasta nos convencemos a nosotros mismos de que somos felices. Las redes sociales son una red de mentiras compartidas.

Según un estudio de la Universidad de California, el estado de ánimo de las personas se ve modificado y condicionado por los post que ven en las redes sociales.

Los usuarios sienten que la vida de los otros es mucho mejor que la propia y esto causa frustración y angustia. Sin embargo, el estudio –que analizó más de mil millones de actualizaciones de estado– asegura que lo que se publica no siempre es reflejo de la realidad y únicamente busca dar una imagen de “felicidad contagiosa”.

El objetivo es demostrar, aparentar y ser aceptado. Se comprobó que cuanto más positivo sea el mensaje, más likes y comentarios tendrá. Nadie quiere enterarse de las desgracias ajenas ni hacer públicas las propias. En las redes sociales no nos une el amor, tampoco el espanto. Por eso nadie se quiere tanto. No somos seres humanos, sino muros. Construcciones impenetrables unidas por el mismo terror: el de ser descubiertos. Mejor que nadie se asome a la rendija. Que nadie se atreva a hacer un agujero en la pared.

El año pasado el director Shaun Higton, hizo un cortometraje llamado “¿What’s on your mind?” (“¿Qué estás pensando?”) en el que muestra cómo los internautas crean una realidad paralela donde sólo está presente “la vie en rose”. El video, que fue presentado en el Festival de Cannes, ya tiene más de 11 millones de visitas en Youtube y pretende demostrar que la mayoría de los usuarios de las redes sociales son falsos felices.

El verano es la temporada alta del entusiasmo y la alegría exagerada: fotos de amigos tomando tragos en piletas gigantes, chicas en bikini desfilando sus cuerpos bronceados por las playas caribeñas, parejas besándose bajo la sombra de un árbol y familias sonrientes emprendiendo un viaje quién sabe adónde. Todos quieren demostrar que sus vacaciones son las mejores. Todos mueren de envidia y actúan la felicidad perfecta.

Hace dos veranos, mientras me moría de calor adentro de mi PH sin ventanas y sin aire acondicionado, inventé un juego. Lo hice para contraatacar a mis amigos de Facebook que tan bien la pasaban subiendo fotos de sus geniales vacaciones. Lo hice por envidiosa y por aburrida: empecé a publicar en mi muro fotos de distintas partes del mundo.

Simulaba viajes e inventaba anécdotas: un día estaba en Singapur y al día siguiente en París. Los Likes se multiplicaban más rápido que mis mentiras. Todos festejaban mis aventuras por África y Europa, incluso me felicitaban por haberme animado a emprender semejante viaje y pedían más fotos, más historias. Mientras, yo me reía a escondidas, detrás de mi computadora, adentro de mi PH sin ventanas y sin aire acondicionado.

A nadie le importaba realmente si era un delirio, un invento absurdo para aguantar el calor de la ciudad. Es que en las redes sociales, los límites entre ficción y realidad no existen. Nadie cuestiona nada. El juego es libre y nuestras mentiras impunes.

Hace unos días, @mjolivan tiró una máxima que desató el debate: “Desconfíen de los que ponen soy feliz o estoy espléndido en Twitter o Facebook”, dijo. Sus seguidores certificaron la sentencia, incluso uno de ellos llegó a decir que “hay gente que sufre anorexia y sube todo el tiempo fotos de platos de comida para disimular”.

En este mundo donde cada vez estamos más solos y enfrascados dentro de una computadora, más necesitamos la aceptación del otro. Por eso disfrazamos el miedo y el hastío con emoticones, selfies y frases hechas. Después nos regocijamos frente a los likes y nos sentimos satisfechos: hemos recibido la dosis de narcisismo necesaria para soportar el día. En definitiva, lo que todos buscamos es amor.

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