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La Bomba Tucumana contó detalles espeluznantes de su infancia

Gladys Jiménez abrió su corazón y relató su terrible niñez junto a su madre y sus hermanos, quienes debieron soportar las peores atrocidades de su propio padre.

Desde que entró a ShowMatchGladys Jiménez (52), más conocida por la Bomba Tucumana, está en el ojo de la tormenta. Ya tuvo cruces fuertes con periodistas, bailarines y jurados, sea por temas relacionados directamente a ella, por su hijo Santiago Griffo (25) o su novio Sebastián Escacena (28). pero siempre está envuelta en alguna pelea. “Si me buscan me encuentran”, dice ella.

La Bomba Tucumana contó detalles espeluznantes de su infancia

¿Pero qué hay detrás de esta mujer que se muestra combativa y termina llorando en casi todos los programas? “Cuando me hieren me defiendo. No quiero que me lastimen”, agrega en una extensa nota a la revista Pronto, en la que revela aspectos muy duros de su infancia. Con golpes de su padre incluidos.

Por eso se encarga de aclarar lo que pasó entre su novio y los fans de Mica Viciconte, para que su pareja no quede como un violento. “Sebastián es incapaz de pegarle a alguien. Fueron forcejeos y empujones hacia él. Lloramos toda la noche en el hotel porque fue espantoso lo que nos tocó vivir. Salto cada vez que se dice una mentira sobre mí o sobre mi hijo. Eduqué a Thiago con mucho esfuerzo porque vengo de una familia muy humilde con una infancia muy sufrida“.

Al respecto, detalla que “mi mamá tuvo cáncer de útero y ahora tiene demencia senil. Eso me tiene muy mal, porque ella es mi vida, mi amor, mi nena, mi todo. No tengo papá y para mí, nunca lo tuve. Soy la menor de seis hermanos y llevo su apellido, pero no tuve papá. Trabajaba en la policía y era golpeador. Tengo muy feos recuerdos de él“.

Con la voz quebrada, la Bomba detalla algunas situaciones que vivió de pequeña. “Nos golpeaba con un látigo trenzado o con la hebilla de bronce de un cinto. Murió a los 42 años en un enfrentamiento con la subversión en Tucumán, en 1975. Pero ya hacía tiempo que no lo veía. Mi mamá se escapó de mi casa y hubo un tiempo en el que creía que no teníamos mamá y andábamos por la calle. Fue una infancia muy fea la que tuve”.

Como si necesitara sacar de adentro tanto dolor contenido, Gladys agrega que “Mi papá se llamaba Ramón Valentín Jiménez y traía a casa cada día una mujer distinta. Cuando lo veíamos llegar cerrábamos todo y nos quedábamos quietitos, con pánico. Yo tenía tres años y recuerdo que me ponía de rodillas en el maíz como castigo, pero sé castigo de qué”.

Sobre su madre, recuerda que “Mi papá le pegaba mucho. La veíamos tirada toda ensangrentada en el piso del bañito de madera. Golpeábamos la puerta para entrar a ayudarla y ella no nos abría porque estaba desmayada. Los vecinos venían a ayudarnos y ella pasó muchos años así, hasta que una noche no aguantó más y se fue“.

Ese fue el principio del cambio para ellos. Tiempo después, Gladys y sus hermanos recuperaron a su mamá y comenzaron una nueva vida. “Ella buscó un trabajo, alquiló un cuarto y un día llegó con bolsos llenos de ropa, nos bañó, nos despiojó, nos vistió y nos llevó. Me acuerdo que era un día frío de invierno. Mi mamá me puso unas botitas con pielcita, un traje color bordó con rombos y un saquito. Nunca más volví a ver a mi padre, hasta que fuimos a su velorio y lo vi en el ataúd muchísimos años después. Fuimos al velorio porque éramos sus hijos”.

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