viernes, 18 septiembre, 2020

Fronteras blindadas en Santa Fe: historias de familias y amores divididos

Fronteras blindadas en Santa Fe – El gobierno santafesino blindó sus fronteras este fin de semana largo, inicio de las vacaciones de invierno. Si fuese un año cualquiera, la autopista Rosario-Buenos Aires estaría repleta de autos, colectivos y camiones, pero en este receso invernal transitan pocos vehículos.

La circulación es atentamente vigilada en el marco de operativos que intentan frenar el ingreso del coronavirus: para pasar hay que tener algún permiso, no se puede venir de turista ni tampoco a visitar afectos.

El incremento de casos hizo que Buenos Aires retrocediera en su cuarentena, en contraste con el “paraíso” santafesino donde hace semanas se disfruta el distanciamiento social. De un lado y del otro de los límites interprovinciales quedaron familias, parejas y grupos de amigos divididos, a la espera de volver a juntarse cuando todo el país avance hacia la “nueva normalidad”.

Durante la fase de distanciamiento social, preocupan los controles en los límites provinciales para evitar un nuevo brote de coronavirus. 
Durante la fase de distanciamiento social, preocupan los controles en los límites provinciales para evitar un nuevo brote de coronavirus.

“Rosario siempre estuvo cerca”, canta Fito, uno de los tantos rosarinos que reside en Buenos Aires pero mantiene parte de su corazón a orillas del Paraná. Desde fines marzo, sin embargo, los 360 kilómetros que unen ambas ciudades parecen haberse estirado. Así lo sienten, entre otros, Osvaldo (56), Kevin (25) y Javier (45). El primero tiene su vida repartida desde hace años entre Rosario y CABA, pero hoy no se mueve de Villa Crespo. El segundo extraña a su novio, que vive en Monte Grande, sur del Gran Buenos Aires. El tercero quiere “repatriar” a su mamá, quien se había instalado hace algún tiempo en Capital Federal pero visitaba con frecuencia a sus nietos en Santa Fe.

Media vida en cada ciudad

“No voy a Rosario desde que se impuso el aislamiento obligatorio en marzo, allí están dos de mis hijos y además en un pueblito cercano tengo a mi mamá”, resume Osvaldo, desde el hogar de Villa Crespo que comparte con su actual pareja y madre de su hijo más chico. Periodista y escritor, él nació en un pueblo de provincia de Buenos Aires pero vivió varias décadas en Rosario. Hace ya seis años que se instaló en CABA. “Es gracioso porque recién me empecé a considerar rosarino cuando me mudé. Creo que me siento rosarino por el modo de valorar algunas cosas de la ciudad, por lo que pienso, cómo veo el mundo o pienso la literatura”, analiza en diálogo con Aire Digital.

Su rutina prepandémica era viajar cada quince días a Rosario y quedarse en la ciudad por unos tres o cuatro días. “Por lo general iba en auto, aunque a veces prefería el colectivo, que si bien demora más te permite descansar”, aclara. Se conoce casi de memoria cada cartel y bache de la autopista. “He tenido muchas multas por exceso de velocidad, porque a veces tenía que estar en Rosario para una reunión de la escuela de mi hija, entonces me iba y volvía en el día. O tenía que llegar a buscarla a la salida de clases y salía con lo justo de mi casa, entonces manejaba lo más rápido posible para llegar”, recuerda. Osvaldo cuenta que, apenas comenzó la cuarentena, evaluó regresar pero un elemento lo frenó: “El auto me quedó en Rosario”, lamenta.

Tengo muchas ganas de ver a mis hijos, quiero estar con ellos allá y también quiero ver a mi mamá, que es grande.

Estas vacaciones de invierno serán inéditas para su familia, ya que no recibirá la visita de sus hijos más grandes (12 y 16 años) para estar con su hermanito (de casi 3 años) como es habitual. “La situación está complicada y ahora no se permite viajar, la frontera está cerrada. Pero era costumbre que se vinieran varios días o que nos fuéramos nosotros a quedarnos, en invierno siempre pasábamos muchos días juntos”, subraya.

La prohibición de viajes de colectivos de larga distancia tiene como objeto disminuir el posible traslado del virus desde un punto a otro del país.
La prohibición de viajes de colectivos de larga distancia tiene como objeto disminuir el posible traslado del virus desde un punto a otro del país.

Osvaldo admite que la situación de tener lejos a sus afectos se vuelve, de a ratos, “desesperante”. Abunda: “Tengo muchas ganas de ver a mis hijos, quiero estar con ellos allá y también quiero ver a mi mamá, que es grande”. Como contrapartida, detalla que con sus hijos hablan todos los días. “No aparece esta situación como algo angustiante o conflictivo, el diálogo es muy bueno”, rescata. Ayuda a hacer la tarea a su hija, de manera remota, y analiza que ese momento compartido “va más allá de lo escolar”. También tiene habituales videoconferencias con su madre, “en las que nos levantamos el ánimo mutuamente”, remarca.

Las complicaciones por la pandemia llegaron a afectar incluso a su trabajo. “Tengo una casa en Rosario. Tengo la mitad de mi archivo y mi biblioteca allá, por lo general me traía a Buenos Aires lo que necesitara pero ahora muchas cosas que necesito quedaron varadas allá, todo en suspenso”, suspira. Por estos días, Osvaldo trabaja desde su casa, casi no sale. Usa mucho el delivery, ya que pocos negocios están abiertos.

“Sigo las noticias de Rosario y me sorprenden los operativos preventivos con la gente que llega de afuera, el temor de que los contagios lleguen desde Buenos Aires”, admite.

“Tengo un amigo que trabaja en una empresa de transporte de larga distancia y hace muchos viajes. Él me decía que creía que hasta septiembre por lo menos iba a estar todo complicado. Eso por momentos me desespera”, confiesa. Sin embargo, espera poder retornar apenas esté permitido. “Gané un concurso de poesía y el libro está por salir, me entusiasma la posibilidad de ya estar en Rosario cuando se presente”, se esperanza.

Un amor que busca revancha

Kevin nació en Concordia pero hace tiempo se instaló en Rosario, donde cursa las últimas materias de Psicología. El amor lo sorprendió en un viaje a Buenos Aires a fines del año pasado. “Conocí a un chico por una app que nos conectó porque estábamos cerca. Empezamos a chatear y fluyó, después de algunas demoras en febrero pudimos finalmente conocernos”, relata. Nicolás, su enamorado, viajó el fin de semana de Carnaval a Entre Ríos. “Fue algo bastante raro y loco, él apareció sin previo aviso y yo no lo podía creer, pasamos juntos cuatro días y sentimos que nos conocíamos de toda la vida. Después me volví a Rosario y él a Buenos Aires, porque vive en Monte Grande”, detalla. “Habíamos acordado vernos en quince días, lo demoramos un poco porque venía el fin de semana largo de marzo y entonces empezó la pandemia”, se entristece.

Es mi primera relación importante, nunca me la imaginé a distancia y en medio de una pandemia.

Desde entonces, la pareja mantiene una relación virtual sostenida por llamadas y mensajes diarios. “Es mi primera relación importante, nunca me la imaginé a distancia y en medio de una pandemia”, señala Kevin. “Sostener el vínculo es complicado, yo soy muy ansioso. Hay días que me agarra la locura y quiero irme a Buenos Aires como sea. Él es más tranquilo y me ayuda a calmarme, a poner los pies sobre la tierra”, contrasta. Si bien hubo debates sobre la posibilidad de conseguir algún permiso para verse, Kevin admite que él se animaría pero su novio no. “Entiendo que yo lo veo todo más claro porque mi vida ya es casi normal pero allá es muy diferente, hay muchos casos. Él tiene miedo de que lo frenen, de que le digan algo. Yo lo entiendo, solo que me muero de ganas”, plantea.

Si bien es complicado estar separados 360 kilómetros, la tecnología hace todo un poco más fácil.

Si bien es complicado estar separados 360 kilómetros, la tecnología hace todo un poco más fácil. “Intentamos acompañarnos en la virtualidad todo lo posible, siempre hay una palabra o un gesto para sentir cerca al otro”, asegura. El sexo virtual, sin embargo, no les funciona tanto. “Creo que si en toda la pandemia hicimos dos videollamadas sexuales fue mucho. Es complejo mantener esa parte viva, pero siempre buscamos alguna forma. Una foto, una charla hot, ser explícitos al decir cosas y calentar al otro, todo eso favorece y hace que el vínculo se sostenga”, explica.

La etapa más difícil comenzó cuando Santa Fe entró en la etapa del distanciamiento social. “Son realidades distintas, él me cuenta que allá está todo cerrado. Él sale porque es peluquero y barbero, atiende pocos turnos y con todos los cuidados. Pero su vida es del trabajo a la casa y de la casa al trabajo. Yo acá ya tengo una vida casi normal. Si bien me quedé sin trabajo por la pandemia, voy al gimnasio y veo amigos”, sostiene.

“La pandemia fue un factor sorpresa y por suerte hasta ahora lo venimos manejando bastante bien, pero es difícil pensar a futuro. Si me preguntabas en febrero te decía que nos veía mudados y hasta casados. Estaba todo mucho más intenso. Ahora no sé, hablamos de irnos juntos de vacaciones o de que venga conmigo a un casamiento familiar que tengo a fin de año. Pero no puedo pensar mucho más allá. Quizá podamos seguir virtualmente y cuando haya alguna normalidad sí pensar en proyectos más firmes”, analiza.

La abuela viajera quiere volver

Mirtha vivió toda su vida en Rosario, donde se casó y tuvo tres hijos. Tras décadas de relación, su matrimonio se terminó. Allí comenzó una etapa viajera: se anotaba en cuanta posibilidad de viaje estuviera a su alcance. En una de esas excursiones, lo conoció a Miguel. Compartieron viajes juntos durante más de una década, hasta que decidieron convivir en el oeste del Gran Buenos Aires, de donde él era oriundo. “Hace tres años le propuso matrimonio y yo fui testigo. Sí, aunque suene raro, fui testigo en la boda de mi mamá. Ahí decidieron radicarse juntos en San Justo”, resume Javier, quien vive en Rosario.

“Una vez al mes, mi mamá venía a la ciudad a visitar a sus hijos y nietos, así que Rosario siempre estuvo cerca para ella. En vacaciones de invierno se venía más días, nos encontrábamos todos en casa”, evoca. Maleta liviana con rueditas, a sus 76 años nada la detenía a Mirtha. “Con mi mamá siempre que podíamos nos escapábamos y hacíamos un viajecito. Alguna vez nos fuimos una semana a Chile. El último viaje lo definimos en cuestión de horas. Era semana santa del 2019 y yo reservé un hotel en Mar del Plata. Salí de Rosario y ella de Buenos Aires y allí nos encontramos para pasar un fin de semana a pura charla, teatro y caminatas”, recuerda. “Teníamos pensado ir a Colonia del Sacramento, Uruguay, en mayo, pero la cuarentena nos complicó”, remarca.

La tecnología permite estar comunicados en tiempos de coronavirus, pero la falta de contacto físico se siente.
La tecnología permite estar comunicados en tiempos de coronavirus, pero la falta de contacto físico se siente.

Hace algún tiempo, Mirtha decidió alquilar un departamento en Rosario y comenzó a pasar más tiempo en la ciudad. Es que su marido fue diagnosticado con demencia senil, por lo que se repartieron el cuidado entre los hijos del hombre y ella. Cuando ella estaba libre se instalaba en la ciudad. “Ahora lamenta que no puede venir y disfrutar de ver cómo van creciendo sus nietos día a día”, asegura Javier. “Cuando uno crece, y puede empezar a compartir y vivenciar situaciones más cercanas con sus padres, y si tiene la suerte de tenerlos, es maravilloso poder compartir desde otro espacio la vida. Siempre digo que la vida es corta y que según la ley ellos se van a ir primero, así que hay que disfrutarlos”, reflexiona.

La historia de Mirtha tiene un episodio reciente que puso a todos en alerta. “Hace 15 días, mi mamá tuvo un poco de fiebre y cuando me cuenta, le digo que llame urgente al médico. Yo me quedé tranquilo porque hacía tres meses que no salía de su casa. Con los protocolos correspondientes le hicieron un hisopado y una placa de pulmón. A las 48 horas la llamaron para decir que era detectable para Covid19”, resume. Hubo momentos de angustia por, por suerte, no tuvo otros síntomas. “A sus 76 años tiene una salud de fierro y creo que eso la ayudó a sobrellevarlo, fue un desafío inmenso pero lo atravesó. Solo tuvo esas líneas de fiebre y nada más”, remarca su hijo.

Durante diez días Mirtha estuvo en aislamiento en su casa de Buenos Aires. “Pasó ese tiempo en una habitación, alejada de sus seres queridos ya que todos son personas de riesgo. Sin televisión porque en ese cuarto no hay, aunque quizá fue mejor porque no pudo ver noticias. Hablábamos 3 o 4 veces por día: de los viajes, de los nietos, de economía y política, no somos expertos en esos temas pero la ayudaba a pasar los días”, cuenta Javier. “Hasta que el domingo pasado, la médica la llamó para darle el alta. Ahora está gestionando un chequeo general y luego de eso voy a intentar obtener un permiso para que venga unos días a Rosario, a ver a sus nietos, a caminar por Rosario y tomar un café en algún bar, que tanto le gusta. Pequeñas acciones que parecían normales o simples hasta que llegó esta pandemia. Por lo que venimos hablando, disfrutaremos más de salir a caminar, mirarnos a los ojos, tomar algo contando anécdotas y proyectar algún nuevo viaje”, concluye.

Fuente: Aire de Santa Fe

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