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El Lágrima, el narco detrás del ataque con ametralladora a los vecinos de Ingeniero Budge

El día que llegó a Ingeniero Budge, “El Lágrima” paró sobre las vías del Belgrano Sur. Desafiante, montó un negocio que rápidamente cambiaría el pulso del lugar. Pero para imponerse tuvo que hacer ruido. Se paseó en camionetas 4×4 y en autos caros, tejió alianzas y cosechó enemigos. Aplicó un único método: el terror. Su poder tambaleó en abril, cuando los vecinos exigieron respuestas de la Policía. Entonces, no sólo se complicó su negocio, sino también el de otras bandas. Su reacción fue contundente: baleó con una ametralladora la casa de uno de los denunciantes y difundió un video del ataque para que nadie siguiera su camino.

El protagonista de esta historia lleva una marca inconfundible debajo de su ojo derecho: el tatuaje de una lágrima, que explica su apodo. No hay precisiones sobre su edad, pero no tendría más de 25 años. Su vinculación con el violento ataque, grabado por los propios transas, fue confirmada a Clarín por al menos tres fuentes que conocen al detalle los movimientos de Ingeniero Budge. Para algunos fue el protagonista directo. Para otros, el cerebro detrás de la amenaza. En el video, viralizado para intimidar a los vecinos, se ve un hombre con bermuda y campera que baja corriendo hacia la calle Saladillo por el pequeño terraplén de las vías. Hace dos preguntas a un cómplice para identificar la casa y comienza a disparar. Primero un tiro, luego un pequeño ajuste en la ametralladora y finalmente dos ráfagas de balas que despertaron al barrio. Era de madrugada y nadie salió a ver qué pasaba.

El Lágrima, el narco detrás del ataque con ametralladora a los vecinos de Ingeniero Budge
Lagrima, narco que ataco con ametralladora a vecinos de budge.

Guillermo Carrasco (56) escuchó las detonaciones desde su casa. Vio temblar a su esposa y le dijo que se quedara tranquila, que era uno de los tantos tiroteos entre los narcos. “No es para nosotros”, la convenció. Al otro día inspeccionó el frente y no encontró ningún impacto de bala. Los disparos habían dado contra la pared de su vecino. “Tuve suerte”, pensó. Pero todo cambió cuando uno de sus cuatro hijos le mostró el video que circulaba entre sus amigos. Cuando lo vio descubrió que el ataque había sido para él y supo el motivo: haberse animado a denunciar a los narcos.

El punto de inflexión fue a mediados de marzo, durante el cumpleaños de uno de los nietos de Carrasco. Esa noche, cuando los invitados se retiraban, dos bandas se enfrentaron a tiros en la puerta. Familiares y amigos terminaron tirados en el piso. Fue después de esa escena de terror que el barrio dijo basta. “Nos dimos cuenta que algo había que hacer. No se podía vivir más así”, explican a Clarín.

La venta de droga no era algo nuevo en Budge, a cinco minutos del Puente La Noria y a unas diez cuadras de La Salada. Desde hace mucho tiempo el barrio se acostumbró a convivir con los transas. Pero la llegada del paco, hace poco más de un año, “rompió todo”, según cuentan. La vida en Saladillo y las vías cambió. Después de las cinco, todos los días la cuadra se empezó a llenar de clientes desesperados por una dosis. Hacían filas de 50 metros, esperando al dealer, y muchos robaban en la zona para poder comprar más. Venían caminando, en moto y en auto. Aunque allí aún no llegó el asfalto, la calle fue rebautizada como la “9 de Julio”, por el tránsito constante. Los chicos dejaron de jugar en la vereda y fueron testigos directos del crecimiento de la banda de “El Lágrima”.

“Acá se usan las vías para ir y venir, porque el tren (une Aldo Bonzi con Puente Alsina) pasa cada hora y media. Hay nenes que caminan por ahí para ir y volver del colegio. Estos tipos se paseaban mostrando los ‘fierros’ como si nada. Los chicos venían y te decían: ‘Ese señor tiene un arma’. Pibes de cinco o seis años que no tenían por qué ver eso”, cuenta un vecino que, como la gran mayoría, no da su nombre por miedo. Pasaron los días, pero nadie se olvida del video.

Esas y otras escenas, explican, se resumen con un sólo concepto: “Se perdió el respeto”. Hablan de reglas de convivencia que reinaron por años en el barrio. “Este siempre fue un lugar picante, pero antes el transa cuidaba a los vecinos. Echaba a los ladrones porque necesitaba que la zona estuviera tranquila, para no espantar a sus clientes. Arreglaban ‘la prote’ con la Policía y dejaban a la gente en paz. Ahora viene cualquier pibe y te pega un tiro. No saben ni usar las armas”, resumen. En las zonas más calientes del Conurbano, la falla de un engranaje de esta violenta maquinaria puede desatar un infierno diario. Eso pasó en Budge.

No está claro qué motivó el enfrentamiento de marzo, aunque la hipótesis principal es que la banda de “El Lágrima” tuvo que defender su lugar de otros que lo miraban con buenos ojos. Los vecinos, hartos de vivir como rehenes, se unieron. Empezaron con reuniones en la calle. “Un día vinieron dos para amenazarnos, pero los sacamos corriendo. Ahí nos dimos cuenta de que juntos teníamos más fuerza”, recuerda uno de los protagonistas de los encuentros.

Hacia fines de abril tuvieron una reunión con el comisario de la 10°, Daniel Foronda. La solución fue un patrullero para vigilar la zona cuando comenzaba el desfile de clientes en las vías. Eso afectó el negocio de “El Lágrima”, pero también el de algunos de sus aliados, abocados a la venta de cocaína. Mientras entre ellos aumentaba la tensión, el barrio retomaba su ritmo habitual. “Cuando se fueron los vendedores de paco todo se calmó”, aseguran los vecinos.

La tranquilidad se interrumpió el 6 de mayo, cuando con una ametralladora dispararon contra la casa de Carrasco. Esa misma madrugada, cuentan en el barrio, hubo otro tiroteo. Fue a dos cuadras de Saladillo y las vías, donde varios autos amanecieron con impactos de bala. “Fueron a buscar a los otros transas, con los que se habían enfrentado después de que la movida vecinal hizo reaccionar a la Policía. Pero la terminaron ligando los coches de los que no tenían nada que ver”, asegura un joven que camina el barrio desde hace años.

Después de la difusión del video los transas se dispersaron. Para el jueves, cuando Gendarmería saturó el barrio, ya se habían ido. Sobre “El Lágrima” hay versiones cruzadas. Fuentes consultadas por Clarín aseguran que está en Villa Fiorito, donde también manejaría una grupo de dealers. En Budge, el miedo es que vuelva para vengarse. Por eso piden que mantengan el refuerzo de agentes federales. “Sólo exigimos que nos cuiden”, ruega una vecina que decidió hacer las compras bien temprano, para no volver a salir de su casa. Por las dudas, ya se movió para conseguir un chaleco antibalas, parte de su nuevo uniforme para ir a trabajar.

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